II LA AUTOCONCIENCIA

II LA AUTOCONCIENCIA

El haber hecho San Agustín de su propio ser “La gran cuestión” y el haberse acercado a través de esa gran cuestión a todos los aspectos de la realidad, es lo que ha hecho de él el primer hombre moderno, el contemporáneo de  todas las épocas –nuestro contemporáneo por consiguiente- y el guía de toda renovación filosófica y espiritual. Lo que hace así que se le llame a San Agustín “el primer filósofo moderno” es el hecho de que fue él el primero que tomó una actitud vigorosa y totalmente interiorista  ante la problemática filosófica. Pero nos podemos preguntar: San Agustín ¿es también un filósofo moderno, no solamente por esa actitud interiorista, sino también por el contenido, por la temática, por las soluciones de su filosofía?

 

            Al tratar de hacer una primera formulación de lo que es la filosofía de la interioridad, necesitamos ver al mismo tiempo si la filosofía de la interioridad de San Agustín es una filosofía moderna, o si es simplemente una filosofía que pertenece al museo de la historia de la filosofía. “Mi plan en estas reflexiones era no hablar de ninguna otro filósofo, de ninguna otra filosofía, que no fuera la filosofía de la interioridad, pero he visto que no se pude apreciar la grande originalidad, la grande profundidad y la grande actualidad de la filosofía de la interioridad, si no se le sitúa, siquiera  sea en una forma muy general, en relación a la problemática de la filosofía moderna. Los invito por eso, antes de entrar en la filosofía de la interioridad, a hacer un esfuerzo mental, para tratar de ver lo que es propio de la filosofía moderna”. Necesitamos para eso referirnos a filósofos muy difíciles  -a Descartes, a Kant, a Hegel, a Kierkegaard, etc.-, pero nos vamos a referir a ellos solamente en cuanto que fueron ellos los que dieron la aportación definitiva para imponer en el pensamiento eso que se llama “filosofía moderna”.

 

            Generalmente se tiene al Cardenal de Cusa, filósofo del siglo XV, como el filósofo que señala el paso de la filosofía medieval a la filosofía moderna. ¿Cómo podemos darnos una idea de en qué consistió ese paso de la filosofía medieval a la filosofía moderna? Tal vez atendiendo a una pequeña reflexión del mismo Cardenal de Cusa. El Cardenal de Cusa efectivamente se siente de pronto ante un problema tremendo. Él, de acuerdo con el neoplatonismo y de acuerdo con la teología negativa, piensa que Dios es aquello que está por encima de todos nuestros conceptos; es lo absolutamente inalcanzable para nuestra razón. San Agustín había dicho: “Si comprenhendis, non est Deus” “Si cuando piensas en Dios, entiendes algo, ya no es Dios en quien piensas”, y Sto. Tomás había dicho; “De Dios podemos conocer lo que no es, pero no lo que es”.  El problema que esto plantea al Cardenal de Cusa es el siguiente: si Dios es inalcanzable para nuestra razón entonces la filosofía es imposible. Si no podemos conocer lo que funda, lo que fundamenta las cosas, tampoco podemos conocer las cosas.  La filosofía pretende conocer las cosas por sus últimas causas, pero si no podemos derivar las cosas de su fuente metafísica, entonces no podemos tener un verdadero conocimiento de las cosas. Las cosas serían ininteligibles si las pudiéramos derivar de principios racionales claros, pero resulta que el principio de que ellas derivan es lo absolutamente obscuro. El escepticismo por eso es inevitable. No podemos conocer las cosas por esos principios de inteligibilidad.

 

            El Cardenal de Cusa, ante este problema, comienza en una segunda etapa de su pensamiento, a eliminar a Dios como fundamento de nuestro conocimiento sobre las cosas. Comienza a dar el paso hacia algo nuevo. Comienza a buscar el fundamento del saber en un campo diverso: en el campo mismo de la razón humana.

 

            Pero el que da el paso decisivo hacia la filosofía moderna es René Descartes, afianzándose en la posición del Cardenal de Cusa, afirma que es absurdo querer fundamentar nuestros conocimientos en algo que es inalcanzable para nuestra razón. Es necesario aceptar nuestra condición humana con realismo y ponernos en un plan más modesto. Es necesario darnos cuenta de que la única luz de que dispongo, de que la única luz desde la que puedo iluminar todo lo que está a mi alcance, es aquella por la que me conozco a mí mismo. Se puede decir que es una luz muy pequeña, se puede decir que es una luz muy defectuosa, pero de todos modos es la única con que cuento. Desde esa llamarada íntima en la que pronuncio mi yo, es desde donde pueden tener sentido para mí todas las cosas y todas las realidades. Si algo no cae dentro de esa luz, si algo no se cobija bajo esa claridad, si algo no es transparentado por esa llamarada, queda fuera de los alcances de mi conocimiento, fuera de lo que puedo entender, fuera de lo que puede tener un sentido para mí “Cogito ergo sum”. Pienso: he ahí la certeza fundamental desde donde debo derivar todo otro conocimiento. Desde este momento, desde el “Cogito ergo sum” de Descartes, el fundamento del conocimiento ya no se va a buscar en Dios, sino en la luz de la autoconciencia.

 

 

            René Descartes es por eso el padre de la filosofía moderna. Pero hay que decir que es el padre de la filosofía moderna solamente en un cierto sentido. Lo es en cuanto que puso la exigencia de fundamentar todo en la autoconciencia; pero él no logró presentar un sistema filosófico fundamentado en la autoconciencia. Por tomar él como base la conciencia empírica, recayó en la misma problemática de la filosofía tradicional. De hecho sus discípulos resolverán el problema de su filosofía o en sentido platónico, racionalista (así Malebranche, Espinoza, Leibnitz) o en sentido empirista (así Locke, Berkeley, Hume).

 

 

            El primer filósofo en la historia de la filosofía que parece presentar un sistema de filosofía totalmente fundamentado en la luz por la que el yo se conoce a sí mismo, es Manuel Kant. Por eso a veces se dice que es el verdadero padre de la filosofía moderna. Manuel Kant sí parece encontrar la forma de fundamentar toda la experiencia humana en la luz de la autoconciencia. Pero no en la luz de la conciencia empírica, como había querido Descartes, sino en la luz de la conciencia trascendental. No nos debe asustar esta expresión “conciencia trascendental”. No perdamos de vista efectivamente que de lo que se trata es de fundamentar toda la experiencia humana, todo el saber humano, ya no en Dios, sino en el conocimiento que el yo tiene de sí mismo. Ahora bien, Kant cree descubrir que el yo se conoce a sí mismo en cuanto se pone en relación con la razón pura, con la racionalidad pura, es decir con una racionalidad que por una parte es plenamente humana y por otra parte está por encima de los yo empíricos y condiciona a priori toda existencia posible. La razón pura es lo más profundo de nuestro yo, es algo que se mantiene en un nivel totalmente humano, y sin embargo está por encima de los yo empíricos, es decir, está por encima de mi yo y de tu yo, y del yo de Pedro y del yo de Juan, y además todo en la experiencia se somete a los condicionamientos de esa razón pura. Esta racionalidad pura o yo Trascendental sí parece estar en capacidad de fundamentar y de iluminar toda la realidad de nuestra experiencia. Con eso el camino definitivo hacia la nueva fundamentación parecía haber sido encontrado. Con un grande optimismo las implicaciones de esa racionalidad pura fueron desarrolladas enseguida por Fichte, Schelling y Hegel. Hegel, al aplicar el dinamismo dialéctico de la razón pura al mismo proceso de la historia, pudo dar la ilusión de que por primera vez en la historia se presentaba un sistema perfecto de la filosofía en la que toda la experiencia humana se fundamentaba estrictamente en la luz de la autoconciencia. Dios, de acuerdo con eso, parecía resultar inútil. Desde que la razón humana, desde que la razón pura, es capaz, desde su propia luz, de darle sentido a todo, Dios parece salir sobrando. Quien tuvo una conciencia clara de esto que había ocurrido en la filosofía fue Nietzsche; por eso hizo su proclamación famosa: “Dios ha muerto”, es decir, se ha eliminado totalmente a Dios en la fundamentación del saber humano.

 

 

            La reacción contra Hegel sin embargo no se hizo esperar. Poner al hombre como parte de un sistema, así sea el de la razón pura en movimiento dialéctico, es inaceptable. Es necesario por consiguiente volver a poner la cuestión fundamental: ¿Cuál es en realidad la luz de la autoconciencia que fundamenta todo el saber humano? La respuesta más o menos general después de Hegel ha sido: el hombre se conoce a sí mismo en la medida en que realiza su propio ser. Desde entonces las filosofías van a diferir por la forma de concebir esa realización que el hombre hace de sí mismo.  Sabemos que tres filósofos sobre todo encabezan la reacción contra Hegel: Kierkegaard, Nietzsche y Marx. Kierkegaard dirá: el hombre se realiza a sí mismo en su encuentro angustioso con Dios, en su apertura a la paradoja suprema que es Cristo. Nietzsche dirá: el hombre se realiza a sí mismo en cuanto crea su propia superación. Marx dirá: el hombre se realiza a sí mismo en el trabajo, en cuanto se implica en la praxis histórica. Lo que es importante notar es que no se abandona a la pretensión de fundamentar todo en la autoconciencia; eso es lo que define a la filosofía moderna. Toda filosofía que quiera tener carta de ciudadanía dentro de la filosofía moderna, necesita fundamentar todo el saber humano, necesita fundamentar todos sus puntos de vista, en aquella autoconciencia que el hombre tiene en la realización de su propio ser.

 

 

            En este contexto de la problemática  de la filosofía moderna es donde puede ser ubicada plenamente la filosofía de la interioridad. En este contexto de la problemática de la filosofía moderna es donde vuelve a hacerse presente el pensamiento del obispo de Hipona, el pensamiento de San Agustín. La filosofía de la interioridad efectivamente es la filosofía que se centra totalmente en el proceso por el que el yo se realiza a sí mismo. La filosofía de la interioridad acepta el reto de fundamentar todo en la luz de la autoconciencia; al aceptar sin embargo ese reto insiste en que esa luz de la autoconciencia, es la luz suprema de la que hay que partir, es la que se da en el ejercicio mismo de la libertad humana.

 

No se puede negar efectivamente que en el momento de elegir es cuando tengo la conciencia más clara de mí mismo. Prestemos una grande atención a este punto de arranque que define a la filosofía de la interioridad y que la sitúa  plenamente dentro de la problemática contemporánea. En el momento de elegir, en el momento de decidirme, es cuando tengo una conciencia clara de mí mismo. Es cuando tengo una responsabilidad total. Es cuando soy un yo en sentido pleno. Es cuando vivo la conciencia de mis posibilidades y de mi creatividad personal. Es cuando merezco la aprobación o la condenación de Dios. Es de esos momentos de elección de donde depende mi salvación o mi condenación eterna. El ejercicio de mi libertad, si me da una responsabilidad total, es porque tiene lugar bajo la plena conciencia de mí mismo. La luz suprema por consiguiente con la que debo iluminar todo saber, todo lo que se da en la experiencia, es aquella luz que se produce en el ejercicio mismo de mi libertad.

 

Desde este punto de arranque, que yo considero uno de los más audaces de la historia de la filosofía, es desde donde vamos a tratar de exponer algunos temas de la filosofía de la interioridad. Esto es lo que vamos a tratar de hacer en las siguientes reflexiones.

 

Hasta la próxima.

 

 

Pbro. José Luis López G.  

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