III “TRACIÉNDETE A TI MISMO”

Decíamos que la filosofía de la interioridad acepta el reto de fundamentar toda la experiencia humana, en la luz de la autoconciencia, es decir, en la luz por la que el yo se conoce a sí mismo. Decíamos también que, para la filosofía de la interioridad, esa luz de la autoconciencia se tiene en el ejercicio mismo de la libertad. En el momento de elegir es cuando tengo la responsabilidad plena; es cuando tengo por eso la plena conciencia de mi mismo.

            Toda la filosofía de San Agustín va a consistir en un situarse en esa luz que se nos da en el ejercicio de la libertad y en un asomarse desde esa luz a todos los aspectos de la experiencia humana. Veremos a San Agustín tratar una inmensidad de temas filosóficos y una inmensidad de temas humanos y, sin embargo, San Agustín nunca buscará otra cosa que no sea desarrollar y ahondar en la luz que se nos da en el ejercicio de la libertad. San Agustín es por excelencia el filósofo de la libertad, el filósofo del yo, el filósofo de la creatividad.

 

            Todos conocemos los problemas tremendos e insolubles a que ha dado lugar, a lo largo de la historiad de la filosofía, el asunto de la libertad. La razón humana ha tenido que declararse impotente ante ese asunto de la libertad. El misterio de la libertad humana parece escapar a toda racionalidad y a toda inteligibilidad. Se ha dicho con toda razón que nuestra razón está hecha par entender la actividad de las cosas, pero no para entender la actividad de un yo. Es que tratándose de una cosa, ya se encuentran  en su esencia los factores que explican y determinan su actividad; nuestra razón ve esa actividad simplemente como el desenvolvimiento  de los principios ya contenidos en la realidad de esa cosa. Tratándose de un yo en cambio, por más que se hurgue en su realidad ya hecha, no se encuentra ahí nada que dé razón o que determine el acto libre. Se trata de una novedad imprevisible; se trata de una verdadera creación.

 

            Pero si la libertad es lo más misterioso y lo más inalcanzable para nuestra razón ¿cómo vamos a encontrar ahí la luz que ilumina y que dé sentido a todo lo que se da en la experiencia? La respuesta a esta pregunta es lo que le da a la filosofía de la interioridad toda su originalidad, toda su profundidad y toda su grandeza. Bajo la guía inmediata y continua de san Agustín vamos a tratar de acercarnos y de penetrar esa luz que se nos da en el ejercicio de la libertad. Aunque pueda parecer algo muy fatigoso, algo que exige de nosotros un esfuerzo mental, e algo que vale la pena, porque es aquello de que desprende todo el sentido de la experiencia, porque es lo que verdaderamente nos puede iluminar sobre nuestra verdadera ubicación, sobre nuestra verdadera renovación espiritual y sobre la verdadera realización de nuestro ser.

 

            San Agustín, pues, se sitúa en el misterio de la libertad, en el misterio de la realización que el yo hace de sí mismo, para desde ahí buscar el sentido de todo lo que se da en la experiencia humana. Con este punto de arranque nos damos cuenta desde el primer momento que la filosofía de San Agustín en cierto aspecto está en el otro extremo de la filosofía de Sto. Tomás de Aquino. Por más que se ha buscado acercar a los dos grandes filósofos del cristianismo, se tiene que decir que se trata de dos metafísicas radicalmente diversas. San Agustín desde lo íntimo del yo se orienta hacia el mundo objetivo; Sto. Tomás desde el mundo objetivo se orienta hacia el yo.

 

            Lo propio de la metafísica aristotélico-tomista efectivamente es abandonar desde su punto de partida la interioridad del yo. Para Aristóteles y para Sto. Tomás toda la función de la subjetividad en el conocimiento está en poner las condiciones para que el objeto se manifieste, para que aparezca la luz del objeto. Para ello, en otras palabras, la función de nuestros elementos cognoscitivos está en hacernos olvidar de nuestro yo, para adecuarnos totalmente a la luz del objeto. Una vez que nos logramos instalar en el objeto, tratamos entonces de manejar, con los principios que rigen al objeto, toda la realidad incluyendo la vida del espíritu, incluyendo la libertad y el mundo de la  moralidad. El problema de la libertad para ellos es simplemente una cuestión de psicología que hay que tratar bajo la luz de los principios que rigen la objetividad de las cosas.  Para San Agustín como hemos visto, las cosas son exactamente lo contrario. El punto de partida es el misterio de la libertad, es la luz que se nos da en el ejercicio mismo de la libertad. Todo lo demás, todo lo que se da en la experiencia humana, tiene sentido en función de esa experiencia fundamental.

            Tratemos ahora  de situarnos en ese punto de arranque de la filosofía de San Agustín. Tratemos de orientar nuestra atención hacia el misterio de la libertad. ¿Cómo es posible un acceso, siquiera mínimo, a la inaccesibilidad  de ese misterio? Lo que hace aquí San Agustín es invitarnos a considerar aquello que para él es la nota fundamental de la libertad: la interioridad. Exactamente lo que le da su nombre a la filosofía de San Agustín. La interioridad. ¿Qué es la interioridad como nota fundamental de la libertad? Se trata tal vez del concepto más importante de la filosofía de San Agustín y por eso es necesario reflexionar sobre él con detención.

 

            Sabemos que San Agustín, en cuanto a su concepto de interioridad, toma su inspiración básica de aquel texto de San Pablo: “Si el hombre exterior se corrompe, en cambio el hombre interior se renueva de día en día” (2 Cor. 4,16). Esta distinción del Apóstol entre “hombre exterior” y “hombre interior” será definitiva para San Agustín. Eso le servirá para poner la diferencia esencial entre lo que es una cosa y lo que es un yo. Pongamos una grande atención a esta distinción, porque es algo que manejaremos a lo largo de estas reflexiones.  ¿Qué es una cosa en contraposición a lo que es un yo? Para San Agustín lo propio de una cosa es la exterioridad. Una cosa es aquello que es pura exterioridad. Una cosa es aquello que no tiene interioridad. Pero ¿pero qué una cosa es pura exterioridad? Porque toda su actividad ya está determinada por un principio exterior a ella; por aquel principio que produce su esencia o su naturaleza. En una cosa hasta lo que brota de lo más profundo de su ser es algo exterior, porque ya está determinado por algo exterior a ella, por aquel que constituyó su esencia o su naturaleza. El hombre evidentemente, en cuanto a lo que tiene de realidad ya  hecha, es una cosa, es mera exterioridad. El hombre ha recibido una naturaleza o esencia con dinamismos que no dependen de él, sino que son dinamismos ya dados. No se puede negar que el hombre en cuanto a su realidad ya hecha sí se desenvuelve en movimientos inerciales, sí se desenvuelve en funcionamientos que ya están determinados por su misma naturaleza. El “ser cosa” por consiguiente, o el “hombre exterior”, es para San Agustín aquella realidad sobre la que el hombre no tiene ninguna responsabilidad; aquella realidad que le ha sido dada; aquella realidad que ni en sí misma ni en su funcionamiento depende del yo; aquella realidad en la que todo es determinismo y funcionamiento inercial.

 

            El hombre no comienza a ser “un yo” sino hasta que comienza a ser interior a sí mismo. ¿Qué significa ser interior a sí mismo? Ser interior a mí mismo significa tan hacer brotar de mí mismo mis propios actos, que sólo a mí se me deben atribuir. No a mi naturaleza ni a mi realidad ya hecha, no a mis circunstancias ni a las presiones sociales o de cualquier otro tipo, sino a mí y sólo a mí. Yo soy el responsable pleno de mis actos. En esto sin embargo nos enfrentamos a una grave dificultad: si esos actos no tienen su razón de ser en mi esencia o en mi realidad ya hecha ¿cómo se producen entonces? San Agustín responde con su “trascende teipsum” “trasciéndete a ti mismo”. Es decir, para ser un yo necesitas superar el nivel de tu ser cosa, necesitas superar el nivel de tu realidad ya hecha, necesitas trascenderte hacia aquello que te permita ser el dueño de tus actos. Para San Agustín en este trascenderse del hombre está la paradoja suprema de la filosofía. El ejercicio de la libertad efectivamente no solamente no es el resultado de la realidad  ya hecha, en la medida en que se libera de su “ser  cosa”, en la medida en que trasciende el funcionamiento natural de las cosas, en esa misma medida se adentra hacia su propio ser, en esa misma medida es interior a sí mismo, en esa misma medida es el dueño y el responsable de sus actos.

 

            San Agustín se encuentra aquí con el enigma máximo de toda experiencia humana. Es aquello de donde debe brotar todo sentido y sin embargo es lo más profundamente misterioso. El hombre efectivamente, para ser responsable de sus actos, necesita hacerlos brotar  de aquello que lo hace a él ser un yo. Es aquello de donde debe brotar todo sentido y sin embargo es lo más profundamente misterioso. El hombre efectivamente, para ser el responsable de sus actos, necesita hacerlos brotar de aquello que lo hace a él ser un yo. Pero si esos actos no son el resultado de su realidad ya hecha, no son el resultado de la realidad que él posee ¿de dónde brotan entonces sus actos? Si necesito trascender toda mi realidad ya hecha, para llegar a aquello que me hace ser el dueño de mis actos ¿qué es eso que me hace ser dueño de mis actos? ¿Qué es eso que por una parte está más allá de mi realidad dada y por otra parte es lo más interior a mí mismo, puesto que es precisamente lo que me hace ser un yo? Para San Agustín se trata de la experiencia metafísica por excelencia; de aquella experiencia de la que necesita partir toda filosofía. Me trasciendo, salgo de mí, hacia aquello que me hace interior a mí mismo. Es la experiencia del abismo insondable de la persona humana. Es la experiencia de una llamada; es la experiencia de una invitación. En tanto yo soy un yo en cuanto que soy llamado a abandonar la exterioridad de mi “ser cosa”, para lanzarme a la interioridad de ser un yo. Para ser responsable de mis actos, necesito trascender mi realidad ya dada, para identificarme con aquello que siendo plenamente interior a sí mismo, me hace también a mí, interior a mí mismo. San Agustín pronuncia su famosa frase: “interior intimo meo”, “Dios me es más interior que yo mismo”. En la medida en que me identifico con lo que es plenamente interior a sí mismo en esa misma medida soy interior a mí mismo, en esa misma medida soy un yo, en esa misma medida obtengo mi responsabilidad y mi creatividad. Eso quiere decir que Dios está más adentro de mí que yo mismo. “Interior intimo meo”.

            La experiencia así de la interioridad que obtenemos en el ejercicio de la libertad, lleva a San Agustín a sumergirse en el misterio de la interioridad absoluta. El yo del hombre sólo puede constituirse en una relación de intimidad con el yo de Dios.

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