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Milagro en las alturas: médicos que dejan todo por los más humildes

V “LA VERDAD INMUTABLE”

Decíamos en la reflexión anterior que la luz originaria en la que hay que fundamentar todo el saber y toda la experiencia humana, se nos da en el mundo de la "razón superior". Ese mundo es el mundo del yo, el mundo de la libertad, el mundo del  misterio. Es un mundo en el que todo funciona en forma diferente a como funciona el mundo de las cosas. Esa luz sin embargo que se nos da en el mundo de la "razón superior" es la luz de una praxis, de aquella praxis que se con un e con el ejercicio mismo de la libertad, de aquella "praxis" que se confunde con la realización que el yo hace de sí mismo.

 

En esta forma hemos ido constatando cada vez mas hasta dónde la filosofía de la interioridad se centra en la experiencia de la libertad. Si le damos a la libertad el sentido de interioridad, nos encontramos con el concepto central, con el concepto fundamental, del pensamiento agustiniano. Todo tiene su significado y su realidad en relación a ese concepto. A Dios mismo lo designamos menos inadecuadamente llamándolo la Interioridad Absoluta o aquel Ser que es absolutamente interior a si mismo. Todo ser en tanto se va asemejando a Dios, en cuanto que va siendo interior a sí mismo. En el pensamiento de San Agustín hasta la misma gracia, hasta el mismo orden sobrenatural, es puesto en función de la libertad. Dice él en un gran texto: "La voluntad no obtiene la gracia por medio de la libertad, sino mas bien obtiene la libertad por medio de la gracia." (De Correp. et Grat., 8, 17) Atendamos bien a esto: no se nos da la libertad para obtener la gracia, sino que más bien se nos da la gracia para obtener la libertad.

 

San Agustín por otra parte es el filósofo de lo inmutable de la verdad inmutable. Según el P. Agustín Trappe, exgeneral de la Orden Agustiniana y gran agustinólogo, el concepto de inmutable es el concepto cumbre en el pensamiento agustiniano. ¿A qué concepto entones hay que darle la primacía, al concepto de libertad o al concepto de inmutable? En esta reflexión vamos a ver como hay plena identidad entre ellos; eso nos va a servir para demostrar como el pensamiento de San Agustín está muy lejos de relativizar la verdad o de acercarse al pragmatismo.

 

Podemos iniciar esta reflexión enunciando que la filosofía de San Agustín es la filosofía que nació para responder al problema terrible de nuestra mutabilidad. Pocos hombres coma San Agustín han experimentado con tanta fuerza la desesperación que produce en nosotros la mutabilidad de nuestro propio ser. Esa mutabilidad se confunde con toda nuestra realidad ya hecha, con  todo nuestro ser natural, con todo nuestro "ser cosa". Somas parte de un orden natural casi intrascendente y que ni siquiera nos toma en cuenta; somos parte de una serie de fenómenos que se suceden casi  con rutina y con indiferencia; somos parte de aquel proceso casi sin sentido ni finalidad que ha sido llamado el "eterno retorno". En esta experiencia de la mutabilidad de nuestro "ser cosa" San Agustín se expresa con un pesimismo total. Se trata del sentimiento metafísico de estar privado de toda solidez y de todo apoyo. Es sentirnos sumergidos dentro de la exterioridad e indiferencia de las cosas. Es sentirnos un simple número dentro de una serie de seres. Es sentirnos una cosa dentro de un montón de cosas. Con verdadero desaliento me doy cuenta de que casi en todas partes soy una pieza que puede ser substituida por otra pieza.  Cualquier otro puede hacer lo que yo hago; cualquier otro puede ser lo que yo soy. Si voy a la ciudad de México se que ahí soy uno de los 20 millones que viven en la gran ciudad. Ni siquiera sirvo para redondear el número de habitantes de esa ciudad porque en esas estadísticas los números son aproximados. Y aunque los números fueran exactos, uno más o uno menos, no tiene importancia; incluso 500 más o 500 menos, es algo que no tiene importancias. Sé  también que si muero en algún accidente, es fácil  que ni siquiera aparezca en algún pequeño reportaje de algún periódico.

 

 

Sumergirnos por eso en ese nivel de nuestro ser natural, de nuestro "ser cosa", es sumergirnos en la desesperación total. Es el nivel  donde no hay ninguna esperanza, porque ahí es el nivel de la indiferencia, de la intrascendencia, del anonimato, de la muerte. San Agustín por eso, consciente de esta desesperación que se esconde en nuestro “ser cosa” insiste constantemente en la necesidad de trascender ese nivel de nuestro "ser cosa", ese nivel de nuestra mutabilidad. Es necesario trascendernos hacia nuestro ser yo; hacia lo que nos da la inmutabilidad. Eso es su filosofía de la interioridad. Lo único que me libera de ese anonimato, de esa indiferencia, de ese abandono total, es el hecho de que Dios me llame por mi nombre, de que el Ser Supremo se interese por mí, de que el Inmutable me llame a su inmutabilidad.

 

Muchas veces se entiende mal el concepto de inmutabilidad y de inmortalidad en el pensamiento de San Agustín. Se cree que se trata de la permanencia de nuestro "ser cosa", de la permanencia de nuestra realidad ya hecha. Eso sería una inmutabilidad cósica; eso seria la inmutabilidad de una cosa. Eso sería el afianzamiento de nuestro nivel de anonimato, de indiferencia, de coseidad. Para San Agustín la única inmutabilidad que responde al problema de nuestra mutabilidad, es aquella que nos viene de que Dios se interese por mi, de que me constituya por consiguiente en un yo, de que me libere de ese nivel de mi mutabilidad, para entrar en el mundo de la interioridad, en el mundo de las relaciones con su Yo, en el mundo del ejercicio de la libertad.

 

 

Para San Agustín ya en el mismo orden natural se realiza ese interés personal de Dios hacia mí.  Es en lo que consiste su famosa teoría de la iluminación. Dios ilumina mi ser en cuanto que me llama a que deje de ser cosa para que sea un yo. Ya no se trata de una cosa que ejecute pasivamente las leyes del orden natural, sino de un ser que es dueño de sus actos. Dios, al llamarme a ser un yo, me llama al mundo maravilloso y divino de la libertad, me constituye en un centro en relación al cual todo el universo comenzara a tener un sentido que será función de mi ser, me constituye en algo irrepetible e insubstituible, me constituye en un ser que presenta sus exigencias frente a El mismo, frente Dios. Dios ya no me maneja como a una de sus cosas, sino que, para conquistarme, necesita poner en juego todo lo que un yo pone en juego para conquistar a otro yo. San  Agustín así en el ejercicio de la libertad ve ya el interés personal de Dios hacia cada uno de nosotros, aquel interés que vence ya la mutabilidad de nuestro "ser cosa".

 

En el orden sobrenatural sin embargo es donde, según San Agustín, se nos revela plenamente el interés personal de Dios hacia cada uno de nosotros. Cristo nos ha revelado el amor del Padre. "No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo el que os ha elegido a vosotros." Eso nos da la conciencia de la plenitud de nuestro ser y de nuestra vocación. ¡Dios me ha elegido!  ¡Yo soy el foco de una elección personal de Dios! Es la superación definitiva de la mutabilidad de nuestro propio ser. Pero de este orden sobrenatural, en cuanto plenitud de la interioridad, hablaremos en reflexiones posteriores.

 

Por ahora lo que importa es constatar la unidad y la identidad que hay en el pensamiento de San Agustín, entre el concepto de libertad y el concepto de inmutabilidad. El hombre, al profundizar en el ejercicio de la libertad, es coma va siendo interior a si mismo, es coma va teniendo conciencia del interés personal de Dios hacia el; es como va participando de la inmutabilidad del yo de Dios. El inmutable así que obsesiona a San Agustín es aquel Inmutable que nos hace superar nuestra propia mutabilidad, que nos hace superar nuestro "ser cosa", que nos lanza a ser como El, cada vez mas interiores a nosotros mismos. El ejercicio de la libertad es el único camino hacia la inmutabilidad, hacia la verdadera inmortalidad.

 

¿Qué sentido tiene entonces la inmutabilidad de la verdad? Se puede responder que hay una inmutabilidad de la verdad abstracta: la inmutabilidad de las verdades matemáticas, la inmutabilidad ad de las esencias abstractas, la inmutabilidad de los esquemas del pensamiento. San Agustín no desconoce esta inmutabilidad. Es la inmutabilidad que se da en el mundo de la "razón inferior". La inmutabilidad en cambio de la verdad viva, de la verdad que a él le interesa, es la que se da en el mundo de "razón superior". En ese mundo la verdad es inmutable porque nos hace inmutables a nosotros, porque nos transforma en interiores a nosotros mismos, porque nos transforma en un yo. La verdad es así por excelencia al alimento de nuestro yo, es por excelencia la luz y la vida de nuestro proceso espiritual.

 

Si en algo insiste San Agustín es en que la verdad esta por encima del yo. El yo por eso necesita trascenderse a si mismo para ir hacia la verdad. El yo, para alcanzar la inmutabilidad de la verdad, necesita hacer suya esa inmutabilidad, es decir, necesita transformarse a si mismo en inmutable. Las verdades del espíritu, dice San Agustín, “antes de que las encontremos, permanecen en si mismas, pero cuando las encontramos, nos renuevan, nos transforman". (De Ver. Relig., 39,73)

 

"Si fallor sum", dice San Agustín. "Si me equivoco, existo." "Cogito ergo sum", dice Descartes. “Pienso luego existo." San Agustín, muchos siglos antes de Descartes, afirma que la certeza primordial, que la certeza originaria, se encuentra en la autoconciencia, es decir, en el conocimiento que el yo tiene de sí mismo. Pero San Agustín no se detiene en la constatación de la presencia de esa certeza, sino que con audacia lanza su pregunta: “sed quaere unde sit certum", es decir "investiga de dónde te viene esa certeza". Esa certeza dice San Agustín, te viene de la luz de la verdad, es decir, de aquella luz que te transforma, de aquella luz que te libera de la corrupción del hombre externo y te lanza a la renovación y a la creatividad del hombre interior.

 

Quiero terminar esta reflexión citando literalmente un texto de S. Agustín que ha sido considerado como uno de los más densos y de los más profundos de toda la historia de la filosofía y que tiene mucha relación con lo que venimos diciendo. Este texto está tomado del libro De la verdadera religión, cap. 39, Nums. 72 Y 73: "No salgas al exterior; no te derrames fuera de ti; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior se encuentra la verdad; y si te encuentras con tu naturaleza mudable, trasciéndete a ti mismo. Pero acuérdate de que cuando te trasciendes, te pones más allá de tu alma racional. Dirígete pues hacia esa realidad que es desde donde se enciende la misma luz de la razón. Porque ¿a dónde llega todo buen pensador sino a la verdad? La verdad no se descubre a si misma a través del discurso racional, sino que más bien es aquello a lo que aspiran los que raciocinan. Mírala coma la armonía suprema posible y ponte tu en armonía con ella. Confiesa que tu no eres la verdad, pues ella no es algo que busque, algo que necesite buscar; en cambio tú te llegas a ella buscando, no en forma espacial, sino espiritual.  Eso lo necesitas hacer para que tu hombre interior se ponga en armonía con ella, no con una fuición carnal y baja, sino con un deleite elevado y espiritual. "73.- Y si no ves lo que digo y dudas de que sea verdad, ve al menos si estas cierto de que dudas; y si estas cierto de que dudas, investiga de dónde te viene esa certeza; ciertamente ahí no te saldrá al paso la luz de este sol material, sino la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esta luz no puede ser vista con los ojos del cuerpo, ni tampoco con aquellos ojos con los que pensamos los fantasmas que llegan al alma a partir de los sentidos, sino con aquellos ojos con los que decimos a los mismos fantasmas: no sois vosotros lo que yo busco, ni sois aquello desde donde yo pongo orden entre vosotros; porque yo siento repugnancia ante lo feo y placer ante lo bello que hay en vosotros; pero es mas bello aquello desde donde experimento esa repugnancia y ese placer; por lo cual me complazco más en esa luz y la antepongo no sólo a vosotros, sino también a todos aquellos cuerpos de donde os tome a vosotros. Después la misma regla que ves concíbela de este modo: Todo el que conoce su duda, se da cuenta con certeza de que duda, y de esta verdad que entiende, posee la certeza; luego cierto esta de la verdad. Quien duda pues de la existencia de la verdad, en si mismo halla una verdad de la que no puede dudar; y nada de lo que es verdadero es venadero sino por la verdad. Quien duda pues de cualquier modo, no puede dudar de la verdad. Donde se ven estas verdades, hay una luz sin espacio de lugares y tiempos y sin ningún  fantasma de tales espacios. ¿Acaso esas verdades pueden perecer, siquiera parcialmente, porque todos los raciocinadores desaparezcan o se sumerjan en el mundo de lo carnal? Pues el raciocinio no produce esas verdades, sino que las encuentra. Por consiguiente esas verdades, antes de ser encontradas, permanecen en sí mismas, y cuando las encontramos, nos renuevan."

 

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