VI “LA DIMENCIÓN VERTICAL DEL YO”

Decíamos en la reflexión anterior que el único camino hacia la inmutabilidad del espíritu, hacia la verdad viva, es el ejercicio de nuestra libertad. Solamente en cuanto trascendemos nuestro "ser cosa" para ser un yo, hacemos nuestra la interioridad de la Verdad Inmutable. Solamente en cuanto Dios se interesa por mi, solamente en cuanto Dios me hace una invitación personal hacia su ser, obtengo la verdadera inmortalidad.

 

Es claro así que el camino de San Agustín para llegar a la trascendencia, para abrirse a la dimensión vertical de nuestro ser, para dirigirse hacia Dios, es el ejercicio mismo de nuestra libertad. Es lo que se llama el camino de la interioridad. La única forma de salirnos de la inmanencia y de la horizontalidad de nuestro ser, es trascendernos hacia aquello que nos es mas interior que nosotros mismos.

 

En la filosofía de la interioridad por consiguiente la dimensión horizontal de nuestro ser es aquella que se contiene dentro del ámbito, dentro de los alcances, de nuestro "ser cosa". La dimensión vertical de nuestro ser en cambio es aquella que se contiene en nuestro trascendernos hacia nuestro ser yo. El ejercicio así de la libertad es nuestra verdadera ventana hacia la trascendencia.

 

Ocurre sin embargo que muchas veces se busca la dimensión vertical de nuestro ser por otros caminos. Se cree que el camino hacia la trascendencia es aquel camino que, en contraste con el camino de la interioridad, puede ser llamado el camino de la exterioridad.

 

En un plan de aclarar, para contraste, lo que es el camino de la interioridad, consideremos un poco algo de lo que es el camino de la exterioridad. ¿En qué consiste el camino de la exterioridad? En querer llegar a la trascendencia, a la realidad ultima, a través del pensamiento abstracto, a través de una sistematización racional de la realidad exterior. Es decir, nosotros, puestos ante las cosas exteriores, nos forjaríamos el concepto de un ser que unifique todo el mundo de las cosas, de un ser que sea función explicativa de todo el mundo de la objetividad, de un ser que sea la función lógica de todo cuanto pertenece a la realidad del universo. En esa forma forjaríamos nuestro concepto de Dios. Se cree que con eso se constituye la dimensión vertical de nuestro ser, que con eso se obtiene la proyección hacia la trascendencia, que con eso se establece la verdadera relación con Dios. En lo que no se piensa es en que con eso se tiende simplemente a hacer una sistematización universal del funcionamiento cósico de la realidad.  En lo que no se piensa es en que con eso se tiende simplemente a construir un sistema a base de la luz de la "razón inferior", un sistema que nada mas organiza y pone en relación nuestro "ser cosa" con el funcionamiento de las demás cosas. Con eso arriesgamos no trascender el nivel de nuestro "ser cosa", sino más bien sumergirnos más profundamente en él. Es que con ese raciocinio unificador de la objetividad a lo que se tiende es a hacer de Dios simplemente la unidad de una racionalidad cosificante, sistematizante y encajonante. Se tiende a hacer de Dios algo totalmente exterior al yo, es decir, una fuerza que le impone al yo la obligación de someterse a las leyes cósmicas e impersonales de la realidad objetiva.

 

Este camino de la exterioridad es el camino mas seguido par el pensamiento normal. No se trata desde luego de un camino equivocado, pero es un camino que puede ser superficial, que puede ser muy insuficiente y que puede ser peligroso. Acabamos de ver efectivamente las tendencias  peligros a que nos exponemos al atenernos exclusivamente a este camino. Esos peligros, repitiendo, y para resumir, son sobre todo tres:

 

1. Es fácil que con nuestra idea abstracta de Dios no alcancemos una verdadera trascendencia. La idea abstracta de Dios es mas bien lo que le da su última unidad a la racionalidad de la "razón inferior", es decir, a la racionalidad que funciona en el mundo de las "cosas", a la racionalidad que funciona en el nivel de nuestro "ser cosa". Decía Kierkegaard, exagerando evidentemente, que el hombre precisamente por miedo a su ser, que le exige ser creativo, es por lo que tiende a construir y a refugiarse en un sistema de racionalidad cosificante, en un sistema por consiguiente que lo afianza en su inmanencia y en su horizontalidad.

 

2. Es fácil que con ese camino se llegue a acentuar la exterioridad de Dios en relación al yo. En ese caso, aunque sea en el subconsciente, se tiende a concebir a Dios coma a aquel ser que tiene el derecho a oprimirnos y a tiranizarnos. La moral así tiende a ser algo exterior y algo violento. Es algo que tiende a poner una dualidad muy nociva en la persona humana: por un lado están los deseos y aspiraciones de la persona y por otro lado están los mandatos de Dios o las leyes de la racionalidad.

 

3. Es fácil que con ese camino se tienda a subordinar la libertad al funcionamiento rígido y cosificante de la racionalidad. Decía Nietzsche, exagerando evidentemente, que la falla principal de la ética tradicional esta en que pone la libertad coma un medio para adaptarnos al sistema, como una media para domesticarnos al funcionamiento de la racionalidad. Eso  le parecía a él un absurdo porque la libertad no debe ser nunca un medio para ninguna otra cosa; mas bien todo lo demás debe ser un medio para obtener la libertad. (Entre paréntesis, veíamos que para San Agustín la misma gracia nos es dada para obtener una libertad mayor).

 

Vemos con todo esto que el significado de las palabras "horizontal" y "vertical" es muy diverso, según que se opte por el camino de la exterioridad o por el camino de la interioridad. Si se opta por el camino de la exterioridad, "la dimensión horizontal de nuestro ser" es la que se contiene dentro de los limites de este mundo; "la dimensión vertical de nuestro ser" en cambio es la que nos proyecta hacia la realidad supramundana. Si se opta por el camino de la interioridad, "la dimensión horizontal de nuestro ser" es la que se mantiene en los niveles de nuestro "ser cosa"; "la dimensión vertical de nuestro ser" en cambio es la que nos proyecta hacia nuestro ser yo, hacia aquello que nos es mas interior que nosotros mismos.

 

Esto es muy importante tenerlo en cuneta, porque a veces se habla con mucha confusión. A aquellos por ejemplo que en nuestros días han querido volcar toda la moral y toda la religión hacia el servicio del prójimo, hacia el problema social, hacia la liberación, se les echa en cara que descuidan la dimensión vertical, para centrarse en la dimensión horizontal de la persona humana. Desde el punto de vista de la filosofía de la interioridad, parece que más bien se debe decir que ellos lo que buscan es ahondar en la dimensión vertical en la verdadera trascendencia, en el verdadero  camino hacia el Dios vivo. El ejercicio de la libertad efectivamente, coma hemos venido diciendo es el único camino para trascender todo el nivel de nuestro “ser cosa", es el único camino para trascendernos hacia una relación viva con el yo de Dios. Ahora bien, aquello ante lo que se pone en juego el ejercicio creativo de la libertad, coma hemos dicho también, es el cuestionamiento de nuestra situación concreta, la provocación de nuestra situación concreta; en otras palabras, la problemática social, la problemática humana, el reto a los signos de los tiempos. Para expresarnos con una palabra que se menciona mucho en nuestros días, la libertad creativa tiene lugar solamente en el compromiso. El compromiso por eso es la verdadera apertura del yo hacia la dimensión vertical de su ser.

 

¿Qué cosa es el compromiso? ¿Qué cosa es comprometerme? Comprometerme es hacer mío un problema, hacer mía una problemática, para crear su solución. Lo propio del compromiso es que en el no se me da la solución del problema, sino que yo tengo que crear esa solución. Muchos compromisos nos los impone la misma situación: tenemos que afrontar problemas para encontrar su solución. Otros compromisos los hacemos nuestros porque nosotros los escogemos. En todos los casos, lo importante es que hacemos nuestro el problema y que nos ponemos con eso en la necesidad de crear. En el compromiso es donde se da el verdadero ejercicio creativo de nuestra libertad.

 

El concepto de compromiso por eso ha venido a ser un concepto central en todo lo que se refiere a la vida y a la actividad de la persona humana. Ha venido a ser como el criterio fundamental para valorar cualquier situación, cualquier comportamiento, cualquier desenvolvimiento de la actividad humana. Se dice por ejemplo que el hombre en tanto es persona, en cuanto que sabe afrontar, en cuanto que sabe hacer suya la problemática de su propia situación; en cuanto se compromete por consiguiente. Se dice también por eso mismo que la mejor forma de ayudara los demás es empujarlos a que se desarrollen a si mismos como personas, a que pongan en juego su creatividad; es decir, ponerles situaciones que los comprometan. Resolverles en cambio los problemas que ellos deben resolver por si mismos, es quitarles su creatividad, es arruinar su verdadero proceso espiritual.

 

Por eso mismo se dice con mucha razón que una institución vale no por lo que nos da, sino por lo que nos compromete; por lo que nos obliga a desarrollar nuestra creatividad. El subdesarrollo se da en un pueblo, cuando la civilización de ese pueblo no compromete a sus habitantes .. , Parece que la diferencia esencial entre una nación  desarrollada y una subdesarrollada esta en que la civilización de la primera compromete a un mayor nivel de vida y a una mayor elevación cultural.

 

Por eso mismo se rechaza tanto aquello que es llamado paternalismo. El paternalismo se tiene cuando la institución,  la autoridad, o el padre de familia, o el amigo mas viejo, resuelve al subordinado los problemas que el subordinado debe resolver par sí mismo. Es quitarle su creatividad, es impedirle su desarrollo como persona, es mantenerlo en el infantilismo. Los padres de familia destruyen muchas veces la personalidad de sus hijos, en cuanto que les dan ya todo hecho, en cuanto que les dan resueltos todos sus problemas. La misma herencia de bienes puede ser un factor de infantilismo y de destrucción, si eso impide o debilita el comprometerse de la persona humana. Se dice por eso que un padre de familia, para heredar a su hijo, necesita primero enseñarle a que convierta esa herencia en un compromiso con la realidad social en que vive.

 

Por eso mismo se dice también que cuando una persona, a un problema que es suyo, a un problema que ella debe afrontar, lo pone como ajeno, o se atiene a que otra persona se lo resuelva, se enajena a si misma. Cuando una religión hace que un pueblo no afronte sus problemas, sino que le echa la solución a Dios, se produce el fenómeno que se llama la enajenación o la alienación religiosa.

 

Por eso mismo se dice también que la gracia es lo que máximamente nos compromete. La principal señal de que la gracia obra en nosotros es que nos lanza a comprometemos en la problemática de la humanidad. La persona humana así, vista en su integridad, incluyendo la acción de la gracia, parece agotar todo su sentido en ser un compromiso en la realización del Reino de Dios sobre la tierra.

 

Podríamos seguir poniendo ejemplos para ver como el concepto de compromiso nos sirve para valorar todos los aspectos de la vida humana. Por ahora sin embargo lo que nos importa es darnos cuenta de que este concepto de compromiso es sólo un nombre moderno de la orientación que tiene el yo hacia la trascendencia, de la apertura del yo hacia la dimensión vertical de su ser. Se trata siempre efectivamente de poner a funcionar la luz de la "razón superior", de convertir todo en un cuestionamiento hacia el propio ser, de hacer que todo responda a la gran cuestión que es nuestro propio yo. Habría por eso que refrescar, en todos los campos y en todos los aspectos de la vida humana, el programa que se  había  trazado San  Agustín: "Et factus sum mihimetipsi magna quaestio", "E hice de mismismo la gran cuestión."

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