VII “SAN AGUSTIN Y PLATÓN”

Decíamos  en la reflexión anterior  que el verdadero ejercicio de la libertad tiene lugar en el compromiso, en hacer nuestro un problema, de nuestra propia situación un problema, para crear su solución. Para trascendernos de verdead, para abrirnos a la verdadera dimensión vertical de nuestro ser, necesitamos hacer que nuestra propia situación, que todo en la experiencia, responde a la gran cuestión que es nuestro propio ser.

Lo propio así de la filosofía de la interioridad no se retirarse de la realidad concreta, no es huir de este mundo, sino más bien lo contrario. Lo propio de la filosofía de la interioridad es afrontar la problemática de la humanidad, para encontrar ahí la invitación de Dios hacia  el ejercicio creativo de la libertad.

A veces se entiende mal lo que es filosofía de la interioridad. Se le confunde con una introspección psicológica. Se piensa que lo propio de ella es retirarse de la realidad mundana para ponerse a observar, casi narcisísticamente,  los fenómenos internos de nuestra vida psíquica. Eso es totalmente falso. La filosofía de la interioridad esta totalmente orientada hacia los signos de los tiempos, hacia todo aquello que en la realidad concreta es capaz de cuestionar y provocar nuestra propia realización.

 

La filosofía de la interioridad por eso esta muy lejos de ser una filosofía platónica. Casi siempre se ha buscado hacer de San Agustín un discípulo de Platón. Se le ha llamado "el Platón cristiano" y se ha dicho que lo que hizo San Agustín fue "cristianizar a Platón"; que lo que hizo Sto. Tomas con Aristóteles, eso hizo San Agustín con Platón. Creo que es un punto de vista equivocado. En algún sentido son filosofías totalmente opuestas. En la reflexión de hoy vamos a tratar de ver, al menos en un aspecto muy general, la diferencia entre la filosofía de Platón y la filosofía de San Agustín.

 

Sabemos que la esencia de todo platonismo esta en sostener que en alguna forma tenemos acceso a las ideas o razones según las cuales fueron hechas las cosas. Eso es algo que nace de una reflexión muy sencilla. No se puede negar efectivamente que conocer las cosas como son en si mismas es conocerlas como las conoce Dios. Si por eso la filosofía pretende conocer las cosas como son en si mismas, necesita en alguna forma elevarse hasta el conocimiento que Dios tiene de las cosas; necesita en alguna forma tener acceso a aquellas ideas según las cuales Dios hace las cosas.

 

Dios por otra parte, o el Primer Principio, al hacer las cosas bajo las razones eternas, lo que hace es participarles su ser, es decir, participarles o darles un cierto grado de unidad, de verdad, de bondad, de belleza. Nosotros por eso no podemos filosofar, no podemos conocer las cosas como son en sí, si no somos capaces en alguna forma de ver, o de valorar, o de juzgar, ese grado de unidad, de verdad, de bondad, de belleza, que le toca a cada cosa o realidad. Incluso eso es lo que significa ser racional o tener razón. Participamos de la Razón Divina en cuanto que somos capaces de juzgar el grado en que participan las cosas de la realidad de esas nociones. Eso es lo que constituye nuestra razón, precisamente el poseer las normas eternas del juicio, o esas nociones, es lo que nos da la capacidad de razonar, es lo que nos hace ser racionales.

Este resumen del punto de vista fundamental del platonismo es ya el platonismo liberado de su forma mística y orientada hacia una formulación filosófica más elaborada, sabemos que en esta elaboración o depuración tuvieron parte sobre todo Plotino y San Agustín. Incluso para algunos grandes agustinólogos, para Glison y Sciacca por ejemplo, en esto está ya toda la filosofía de San Agustín. Ellos efectivamente centran toda la filosofía de San Agustín en la famosa teoría de la iluminación y esta teoría, según ellos, consiste en sostener que nosotros poseemos las normas eternas del juicio, en sostener que nosotros poseemos las nociones de unidad, de verdad, de bondad, de belleza, que nos permiten juzgar el grado ontológico de las cosas.

No se puede negar que hasta aquí Platón y San Agustín se expresan en términos semejantes. Los dos ponen la necesidad de una iluminación fundamental que es lo que constituye a nuestra razón y que consiste en el recuerdo, o en la presencia, o en la posesión, de las ideas o nociones según las cuales están hechas las cosas; los dos ponen como finalidad del hombre el ascender con toda su vida hacia esa realidad hacia la que nos empujan las nociones. La diferencia sin embargo entre los dos, la diferencia enorme, esta en el modo de concebir ese ascenso o esa elevación hacia la realidad suprema. Para Platón se trata de regresar a esa realidad de donde caímos; para San Agustín se trata de avanzar hacia un llamado de esa realidad. Para Platón se trata de desandar un camino siguiendo el proceso de la dialéctica racional; para San Agustín se trata de lanzarse hacia adelante siguiendo el proceso de la libertad y de la creatividad. Para Platón se trata de liberarse de la materia para recobrar la pureza originaria; para San Agustín se trata de encontrar en la realidad la invitación a participar en la interioridad misma de Dios. Para Platón las nociones nos dan el recuerdo de un mundo del que descendimos; para San Agustín las nociones nos dan la intuición de un mundo al que somos llamados.

 

Se puede decir que lo que hace tan diferentes, casi opuestas, las filosofías de Platón y de Agustín es el hecho de darse entre ellas un acontecimiento trascendental: la aparición del cristianismo.  Es el cristianismo el que produce un cambio total en la visión del universo y en el sentido de la vida humana. Es el cristianismo el que lleva al descubrimiento de los valores máximos  del espíritu: del valor del yo en cuanto absorbe el interés personal de Dios, del valor de mi yo en cuanto es invitado a ser hijo de Dios, del valor de mi yo en cuanto que esta orientado hacia la verdad viva, hacia la libertad, hacia la creatividad, hacia la vida misma de Dios. Es el cristianismo el que nos orienta hacia una verdad que no es una verdad abstracta, sino que es una persona, la persona del Verbo, que en un gesto de amor infinito hacia nosotros se hace carne como nosotros; mis relaciones así con la verdad son las relaciones de un yo a un tu, son relaciones interpersonales.

 

Una grave limitación para la gran filosofía de Platón, y en general para la filosofía griega, fue el haber concebido la materia coma el factor determinante de nuestro descenso, de nuestra caída, de nuestro alejamiento del mundo de la verdadera realidad. Eso es lo que se conoce como "la fobia griega a la materia". Para Platón efectivamente "la materia es el no-ser, es lo no-inteligible, es lo  que mantiene a las cosas separadas del Uno. Es aquello de que deben ser desprendidas las cosas para poder ser entendidas; es aquello de que debe desprenderse el hombre para poder volver al mundo de lo inteligible. La materia es un lugar de castigo para lo inteligible, es una cárcel para el alma, es aquello que entenebrece a las realidades espirituales. La materia es además lo absolutamente irrescatable. Es la receptora de todas las formas y juntamente con las formas  constituye el mundo sensible, pero de suyo es  que no puede convertirse en forma, es que nunca pude pasar a la esfera de lo inteligible"(N. Ramírez, filosofía del hombre en su realidad existencial, p. 31)

Esa fobia de los griegos  hacia la materia es lo que los inclinó a poner la verdadera realidad de parte de lo abstraído  de la materia, de parte de lo universal, de parte de la racionalidad abstracta. Eso los inclinó también a concebir el perfeccionamiento del hombre como un  retirarse de la materia, como un alejarse del mundo, como un regresarse hacia una supuesta  inmaterialidad orgánica.

El cristianismo cambió radicalmente esa visión de la filosofía griega. “Los dogmas de la Creación, de la Encarnación, de la Redención, de la Resurrección de la carne, etc., presentaron una visión de la realidad absolutamente diversa. La materia también fue creada por Dios; la materia por tanto es buena, es positiva, es inteligible. La Encarnación del Hijo de Dios demuestra que la unión con la materia, con la carne, no es ninguna desgracia.                        La Redención de Cristo se dirige a todo el ser del hombre tomado en toda su integridad, a todo el ser del hombre con su carne y con sus huesos. La Resurrección de la carne demuestra que nuestro ser carnal pertenece a nuestro destino  eterno, a nuestro proceso espiritual, a nuestra íntima  realidad humana” (ídem. p. 34)

 

 

San Agustín por eso, aunque se había formado en el pensamiento griego, sobre todo platónico, aunque había admirado su grandeza y su profundidad, aunque se había dejado fascinar por su maravillosa sistematización racional, proclama enérgica y solemnemente el cambio radical que, aun en el campo estricto de la filosofía, realiza el mensaje cristiano. Todo lo había encontrado San Agustín en los platónicos: Que en el principio existía el Verbo, que el Verbo estaba en Dios, que el Verbo era Dios, etc., pero lo que no encontró  que "el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros". El Verbo, es decir, la verdad viva, no ese el mundo de las ideas de Platón, no es el mundo de la verdad abstracta, sino una persona divina que se nos hace accesible precisamente a través de su carne. La carne es lo que convierte nuestras relaciones con la verdad en relaciones interpersonales, en las relaciones entre un yo y un tú. Eso quiere decir que la carne, que la materia, no es algo que debe ser eliminado, sino que es un factor básico en nuestro proceso espiritual. Nuestra carne, nuestro cuerpo, es un elemento integral, mas aun, un elemento esencial, en aquello que constituye al hombre en una inquietud por Dios. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón esta inquieto hasta que descanse en Ti." Nuestro cuerpo, toda nuestra realidad ya hecha, nuestra situación, toda la realidad del mundo, es lo que constituye el cuestionamiento total, la provocación total, a la realización de nuestro yo, al ejercicio creativo de nuestra libertad. Todo eso en conjunto es lo, que nos constituye en una gran cuestión, en una gran inquietud, en una gran invitación a participar de la interioridad misma de Dios.

 

 

 

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