Iglesia en Movimiento

Iglesia en Movimiento

«El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro; y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Entonces se fue corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho, y les dijo: -¡Se han llevado del sepulcro a Señor, y no sabemos dónde lo han puesto! Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos; pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se agachó a mirar, y vio allí las vendas, pero no entró en el sepulcro. Detrás de él llegó Simon Pedro, y entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas; y además vio que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado y creyó. Pues todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar. Luego, aquellos discípulos regresaron a su casa.»

Como leemos en este relato evangélico, el anuncio de la resurrección del Señor genera en sus testigos una reacción inmediata: Los discípulos se ponen en movimiento; en una actitud pronta para ser testigos de lo que estaba sucediendo. Llama la atención que el evangelista apunta que los discípulos corren, van a prisa, no se quedan en su lugar sino que van. Esta actitud la debemos imitar en nuestro tiempo, sobre todo en la Iglesia que formamos todos los bautizados; no debemos quedarnos estancados en el pesimismo del dolor y sufrimiento sino hacer realidad con nuestro testimonio aquella revolución a la que nos exhorta el papa Francisco: «La revolución de la fe».

Es la fe aquella virtud que nos capacita para «tener la plena seguridad de recibir lo que esperamos, la virtud que proviene de Dios y nos da la convicción de la existencia de un Ser amoroso que envío a su Hijo para que tuviéramos paz y esperanza» (cf. Hb 11, 1ss). Una paz que se construye con la actitud objetiva de «ver» con claridad lo que demanda nuestro tiempo; estar conscientes del papel que jugamos en la sociedad y la responsabilidad que recae sobre nosotros, sea la vocación que cada uno tenga. 

Después de «ver» es necesario «creer», no pensar que con nuestras propias capacidades vamos a solucionar todo de “golpe”. Sí, es urgente actuar, pero con la confianza puesta en Dios pues es Él el único dador de los dones que necesitamos para construir la civilización del amor. Una Iglesia en movimiento quiere decir, ser testigos de la vida y comunicar la vida a los demás. Es, -como diría el Papa- salir a la calle viviendo nuestro cristianismo antes de enfermarnos en el encierro de las comodidades y seguridades egoístas. 

Una Iglesia es movimiento es vivir nuestra juventud con nuestra mirada puesta en el Resucitado ya que es Él quien nos hace tener una visión objetiva de la realidad; quien nos hace ver la originalidad de nuestra persona y nos potencia para actuar con una auténtica y plena libertad. Es tener un contacto con la Palabra, es decir, con Cristo Resucitado, sintiendo la urgencia de comunicar-testimoniar que sólo en Él se encuentran realizados todos los anhelos y expectativas que el hombre pueda tener. Es una realidad: el movimiento que vemos en la resurrección nos abre la puerta ver con claridad y darle solución a tantos problemas que nos aquejan.

Vivir en movimiento es salir a calle, sin que nos avergüence hablar de Dios. Es amar al otro más de lo que él nos pueda amar. Es hablar con claridad ante las injusticias y poner lo que esté de nuestra parte para darle una solución. Una Iglesia en movimiento es profesar nuestra fe sin complejos ni contradicciones, es decir, que lo que anuncian nuestros labios se haga realidad en nuestra vida. Es «resucitar» cada día del pecado que nos esclaviza y creerle a Dios quien nos da vigor, fuerza y valentía para seguir construyendo el camino de nuestra felicidad. Una Iglesia en movimiento es darle juventud a la sociedad, es darle plenitud, es darle a Dios. 

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